jueves, 5 de agosto de 2010

Las Vidas




Para Daniel Rus,
Josefina de Palermo,
Norberto Palermo
Silvia Portnoy
Noemí Josefina Jansenson
y Néstor Eduardo Silva,
in memoriam






Mi día de ayer, sin querer, cosas de la vida, fue dedicado entero al rescate de la memoria.

Un libro, el de Américo sobre Desaparecidos en Concepción del Uruguay, me hizo acordar de Silva, un amigo de mi abuelo que siempre, siempre, me contaba sobre su hijo desaparecido: Se llamaba Néstor Eduardo Silva, y a los 21 años se lo llevaron del campo de su familia, con su novia, estudiante de medicina, 18 años. Ella era Norma del Missier.

Don Silva, que había sido ministro de Economía en San Luis, había creído que Camps podría tenerle piedad o compasión.

Fue a verlo, a pedirle por el hijo, por datos, por el cuerpo: La respuesta a ese hombre fue dolor y dolor.
En mi memoria quedó esa cara vieja, ese hombre malherido, su relato sobre las burlas, los llamados con datos falsos, las noches en vela, la soledad angustiante y dolorida.


Después me tocó pensar en la Amia, ayudando a un amigo: Te me viniste a la memoria, Silvia Portnoy, mi concordiense querida y muerta ese día: Rubia y feliz, la noticia de tu muerte fue un puñal, y tu nombre me nace cada 18 de julio.


Más tarde fui, invitada por Daniel Rafecas, al acto de Sara Rus, la querida Sarita: La legislatura decidió darle las pompas de Ciudadana Ilustre de la Ciudad.
¿Cómo fue su vida en la lucha de Madres? Igual a la de otras Madres, pero ella venía mas golpeada: es una sobreviviente de Auschwitz, a la que de yapa, le chuparon a Daniel: ingeniero físico, 23 años. Se lo llevaron de la “Comisión Atómica”, como dice Sarita. De los 30.000 desaparecidos, casi 800 eran judíos. En los Centros Clandestinos, se sabe, fueron los más torturados, los mas humillados, por su sola condición de judíos.
“Sobrevivir dos veces”, escribió, esperando que nuca sepamos cómo se hace. Ella dice que todos tenemos una fuerza inmensa, inesperada.

Que nos sale de adentro cuando ya no podemos, pero sí que pudimos: “Pero mejor que no lo sepas. Mejor que no lo sepas nunca chiquita. Mejor es que creas que no podrás nunca con algunas cosas de la vida.”



Me acomodé como pude atrás de algunas Madres. Una de ellas tenía en el pañuelo el nombre de una chica que tuvo mi nombre: Josefina Jansenson.


¿Cuántos años tendría aquella Josefina? ¿Adonde militaba? ¿militaba? ¿le habría gustado leer, igual que a mi? ¿Habría cantado las canciones que canto?


Me acerqué a la cabeza de esa señora bajita, y acaricié en secreto ese pañuelito blanco, pañal de niño.


Esa Madre, que eligió el mismo nombre que eligió mi madre, ¿Cuántas veces le habría gritado “Joseeeee” como hace aun la mía? ¿Cuántas veces le pudo acariciar la cabeza? ¿Cuántos besos le debe y no pudo pagarlos? ¿Cuántos días la buscó sin rumbo? ¿Cómo habrá sido tu embarazo en cautiverio? ¿Pudiste parir a tu hijo, Josefina Jansenson?

Y el final: Comiendo sandwichitos después de un mar de lágrimas, me encontré a Bruno Palermo, un PADRE DE LA PLAZA: El lleva la foto de Norberto de 21 años prendida al pecho. Era un colimba en Campo de Mayo, militaba en el ERP, tenía la escasa edad de 21, pero a los milicos le pareció un peligro igual: Se lo llevaron. La búsqueda no dio resultados, así que su esposa, otra Josefina, decidió dejarse morir o suicidarse, y así lo hizo. Bruno es un padre de la Plaza porque ella no soportó el dolor. El tomó en sus hombros esa lucha por ambos. Tiene la sonrisa dispuesta, el chiste latente, la mente despierta: Me cuenta que en octubre se estrena la peli, “Padres de la Plaza”, que se enamoró, que tuvo otros hijos, que lee Pagina 12, que ya no maneja: Ganas de vivir, ganas de continuar, confiesa bajito: “Uno vive muchas vidas, sabes? Muchas vidas en una vida".

Así que me fui, después de abrazarte, padre de la Plaza, después de verlos tan chiquitos ahí, gritando con sus vocecitas gastadas:
“Desaparecidos
Presentes
Aparición con vida
Ahora y siempre”,

Pensando en esas vidas, sus vidas, las muchas vidas de cada uno, y en las palabras finales de Mario Sinay: Lo importante no es pensar como murieron, sino cómo vivieron. Quiénes eran, qué sueños perseguían, qué los movilizaba, qué amores guardaban en secreto.Eso da la real dimensión de su pérdida, pero también es ese el mejor ejercicio de memoria, aunque duela:

“La memoria despierta para herir

a los pueblos dormidos

que no la dejan vivir

libre como el viento”.

No hay comentarios:

Publicar un comentario