jueves, 24 de junio de 2010

ESOS LIBROS TIENEN PATAS


En Buenos Aires, todos los libros que existen en el mundo se amontonan en la Avenida Corrientes. En la libreria mas grande, la de la esquina de Callao, adonde voy a escuchar musica gratis, busco escritores latinoamericanos. Estan todos: Garcia Marquez, Benedetti, Angeles Mastretta y Marcela Serrano, Gioconda Belli, Neruda, Andres Rivera. Mempo Giardinelli, Ruben DRi, Galasso, todos alli sobre las mesas. Pero falta Galeano, ¿será posible?¿Sera posible? Revuelvo los estantes, saco ejemplares, acerco los lomos a mis ojos chicatos, pero nada: Galeano parece no estar a la venta.En el mostrador me informan entonces: Que Galeano está bajo llave, porque esos libros tienen patas. La vendedora abre con aire ceremonial esa cajita secreta, y explica: Si dejan "Las venas abiertas" o "Espejos" junto al resto, esos libros huyen en cuestion de segundos, pasan desapercibidos los controles de seguridad, y salvajemente se vuelven libres corriendo hacia el subte o a tomar el 124.Por eso los pobres pasan los dias en prision preventiva.-

viernes, 4 de junio de 2010

Canto de los arboles, canto del mar.

En la quinta, Entre Ríos tierra adentro, cuando se deciden a cantar, los pinos y los eucaliptos rugen, danzan, y evocan el mar. Traen al monte el mismo ruido violento del oleaje. Las copas se mueven, verdes y espesas en el alto cielo, pero si cierro los ojos, escucho olas, azul inmensidad, huelo el salitre y las algas en el viento.
Le cuento al Tuto el milagro, y no me lo cree.
-¿A quién quieren parecerse ustedes?
-A nosotros. Río, bien segura de ese delirio de la naturaleza.
El no sabe que esos gigantes centenarios con hojas y raíces, son primos, hermanos, hijos o abuelos de otros árboles, de otras arenas, de otras costas, de otros suelos del universo. Entonces ocurre que en esa familia, todos han aprendido a silbar, a tararear, a vibrar, a tamborilear, a comunicarse con las mariposas y los pájaros, las flores y las estrellas.
En la naturaleza, desde que se vieron por primera vez, el aire y la tierra hacen el amor. Por eso es que todos los cantos se funden en el mismo verso, en la misma espuma, en el mismo llanto. El mar les copia ese canto a mis árboles que desde lejos, y desde lo alto, haciéndole cosquillas en los pies al sol, enseñan al viento a recorrer el mundo con esa musiquita a cuestas.
Quien escuchó cantar a los pinos, conoce el ruido del mar.

La Pelea

Es engañera, cuando quiere, la soledad.
Para mentirle, entonces, me meto en los cines de Rivadavia, o leo, o invito amigas a comer y les cocino, así le hago creer a la porfiada que conmigo no ha podido.
Pero lo cierto, entre nosotros, es que a veces me gana la pulseada. Esas veces ella me agarra con la guardia baja y se me instala, pese a la rabia que me da que sea tan atrevida.
Así que la desafío, me calzo jeans y botas y salgo a caminar por Corrientes, porque siempre está repleta la Avenida de la Ciudad que no duerme.
Y mientras más camino, más agradezco en mi interior a los puesteros y albañiles que me gritan adiós reina, chau divina, para ayudarme a hacerle pito catalán a la insolente, violenta, amarga y a veces dulce y necesaria soledad, que anda al acecho sin darse por vencida

Halloween 98

La vida de estudiantes en la ciudad de Buenos Aires implica, de por si, algunas cosas: Que los del interior nos juntemos por la tonada, que el mate sea el matapenas mas efectivo, que los departamentos vean colmadas sus plazas y ubiquen gente a dormir en los sillones, las alfombras, y hasta en los inodoros. Que el dinero no sobre nunca, y, por supuesto, patrón común obligado: que las comidas de la casa que nos vio crecer sean una añoranza por la cual haríamos lo imposible.
Aquella nochecita de fines del mes de octubre andábamos con Caro, mi inseparable amiga, de vuelta de la facultad, viendo que hacer, con tanto para estudiar y tan pocas ganas de abrir los libros. Era viernes. “Me comería una pizza”, dijo Caro. Pero estábamos secas. Seguimos el paso por Pueyrredon y tomamos Avenida Santa Fe. Pasamos por lo de Ignacio, pero como siempre, no lo vimos en la puerta. Esa costumbre de puertear no se da en la gran ciudad, así que no se por que creíamos que pasar por el frente de la vivienda de alguien indicaría que podríamos encontrarlo tomando mate o comiendo mandarinas al sol. La interesada era Caro, que puso cara de circunstancia al doblar la esquina, y cara de gripe al comprobar la puerta desierta.
Antes de llegar a Ecuador, vimos la vidriera del tenedor libre. Habían pegado un cartel que decía: “HALLOWEEN NIGHT, SI VENIS DISFRAZADO, CENAS GRATIS”.
Para ser honesta, a Caro y a mí no nos unen los años que hace que conocemos y toda una vida compartida: A nosotras nos hermana el alma de gordas. Así que sin preguntar ni mirarnos ni nada, corrimos en búsqueda al placard, de algún vestuario ridículo que nos hiciera la gamba.
Sacamos todas las valijas, revolvimos hasta el último cajón: disfraces de verdad no había. Al final decidimos transformarnos en paisanitas: Dos trenzas cada una, pecas en la cara, una pollera larga y hippie, y alpargatas de yute despuntando unos bigotes propios del uso y el abuso. Así marchamos, al tenedor libre, a devorar esas delicias.
Nos instalamos en la mesa mas cercana a la comida: Yo pensaba ir directo a las rabas, y Caro a los jamones. Íbamos a pedir cerveza, pero se acercó la moza con otras intenciones: Nos aclaraba que los disfraces debían ser de la temática de halloween. Que El día de la Tradición era el mes que viene, y que solo regalarían tortas fritas.
Caro, estudiante de abogacía, se sacó: a los gritos, le dijo a la moza que el cartel decía “Disfraces” a secas. No “Disfraces de Halloween”. Que el cartel era una estafa, un engañapichanga para terminar cobrando, que ella no se iba sin comer gratis, que qué coños se creían, engañar a la gente…. Pero vino el dueño, mandó a la moza a la mesa veintiocho, y a nosotras a la calle: “Señoritas, es muy grato tenerlas esta noche aquí, pero deberán abonar la cena o volver disfrazadas”.
“Estamos disfrazadas” dijo Caro en un hilo de voz. “Nena, así va mi hija los domingos a Plaza Francia”, dijo el dueño.
Pegamos la vuelta silbando bajito. No hablábamos, como si una maldición horrible nos hubiera caído encima. “Estafadores” dijo Caro, abriendo la puerta del edificio al que volvíamos, a hervir unos fideos y buscar alguna película en la tele.
Me despinté los lunares de los cachetes, que estaban más colorados que nunca, me desarmé las trenzas, y en eso Caro se aparece con una caja y unas pinturas.
Melina no estaba. No seria difícil hurtarle sus elementos de diseño grafico: Una trincheta, témpera, y vení acá que te pinto. No sé de donde salieron las calzas negras y ese remeron oscuro, pero de repente, las dos resurgidas como el ave fénix, volvimos a la calle y al tenedor libre.
Para no pasar otra vergüenza, primero fuimos a la barra a preguntarle al dueño, no sea cosa que de nuevo nos mandara a la vereda de un puntapié. Con una sonrisa entre dientes nos dijo “Y bueno…” así que corrimos a la única mesa que quedaba libre, al lado del sanitario de hombres, y de inmediato, a buscar un poco de todo en la mesa de fiambres, y después a la parrilla, y después a los pescados, y luego flan casero con dulce leche. Comimos hasta no poder más.
Tras el último bocado, Caro y yo levantamos la vista, por primera vez en toda la cena, como para decir “que rico todo”, pero ahí, por fin, nos vimos: Un tajo en el cachete marcado con tinta negra, un ojo en compota, gotas de sangre dibujadas cayendo de los labios, una lagrima hecha con purpurina celeste, y un cuchillo de cartón atravesando la cabeza. Yo era un muerto sangriento, y Caro, era Kiss vestida de gaucha. Estallaron, estruendosas, nuestras carcajadas en todo el salón, graves e interminables; el tenedor libre entero se dio vuelta a mirarnos.
Nos dolía la panza de reírnos, y así seguimos, llorando de risa y de alegría y de dolor de panza, Caro y yo, como por diez días.


Para la Goñe, que tantas risas me sigue regalando.

La Maternidad

Gorda andaba, y pesada, mi Guapa, con sus cachorros por dentro. Le costaba respirar, y caminar, y al final le costaba comer, de tan preñada.
Ella habitaba la terraza enorme, pero los días cercanos al parto se vino a nuestro cuarto, por las dudas. Esa noche dio vueltas como nunca, y ni bien amaneció, me pidió subir.
Cuando volví a buscarla, toda la tierra de mis macetas estaba desparramada. Un bulto pequeñito se movía entre ese desastre de barro.
Le habíamos preparado un acolchado calentito en el altillo para recibir a sus crías, pero ella, mansa y dulce, quiso darles nido propio. Les armó una cuna a medida, de arena, arcilla y humus, y así nacieron, uno, otro y otro cachorro, y ocho fueron en total, tras doce horas de extenuante parto, en que la acompañamos y por igual nos cansamos, Guapa, Ariel y yo, de parir perritos. Ella nos dejo manosearlos y llevarlos y traerlos, alimentarlos y besarlos, como si también fueran nuestros.
Dos años después, fue mi turno.
Cuando subí con Vicky en brazos a mostrársela a Guapa, mi perra se puso en dos patas, cuidadosa, y acercó su hocico a mi beba de tres días; se arrimó hasta mi pichona, y suave, dulce, le lamió la cabeza, como si Vicky también fuera suya.-

El Mate

Cuando me recibí de abogada, mi abuelo lloró de emoción, me cortó el teléfono que daba la noticia, y luego me obsequio su bombilla de plata. La que había usado durante toda su vida, es decir, la bombilla testigo de cuanta charla tuvo alrededor en sus rondas de mate.
Cuando mi abuelo murió, yo estaba embarazada y se me hizo insoportable oler el mate. Mi indignación era enorme, porque todos los días, dos veces al día, yo preparaba mi ceremonia: Prender la ornalla, vaciar el mate, llenarlo de yerba, mojar un poco, otro poco, meter la bombilla, probar el mate…
Adicta perdida como soy a los cimarrones amargos, resulta que ahora me provocaban nauseas. Ni uno podía tomar. Ni uno solito. Por supuesto, culpé a la panza.
Pero resulta que no era eso: -“tenes que calentar un poco mas el agua”, me dijo Misael una noche en que se me apareció en un sueño.
Mi abuelo me vería preocupada, porque se tomó la molestia el pobre de viajar del mas allá al mas acá, solamente para explicarme como solucionar ese problema tan grave.

El Destino de las palabras

Entonces, cuando la soledad se me hacía insoportable, las palabras que mi abuelo me mandaba empezaban a brotar de mi puño malherido, y daban forma a las historias, a los recuerdos, a los amigos, al dolor, al llanto, a la esperanza, a la alegría.
Yo no sabía que hacer con todo eso. Tantas palabras allí, sin su destino. Por eso pensé que sería bueno que Itatí, me dijera, porque ella sabía bien que hacer con el palabrerío. Pero no me animaba a preguntarle, para no ponerla en el absurdo compromiso de darme una respuesta de compromiso.
Una noche soñé que me decía que siguiera escribiendo, y esa mañana me levanté con la certeza de seguir.
A mediodía, desde la otra orilla del Río de la Plata, me escribió: que quería decirme algo, que siguiera, que ella sabía por qué me lo decía, que le gustaban mis escritos.
Por eso aquí ando, siguiendo.
Itatí lee los sueños, se cuela en ellos como mosquito, los anota, y al otro amanecer los cumple.
Sospecho desde esos días, que esa muñequita rubia y rulienta es un hada divertida disfrazada de socialista.

Gracias Ita. De verdad.
Jose

La Memoria

Trazos rojos, trazos azules, un sol por allá, un árbol amarillo. Mi abuela nos entretenía con el arte que amaba. Ella insistía con nosotros al punto arbitrario y cruel de que, a su cuidado, el único juego infantil posible y en silencio, era la pintura. Tres, cuatro, cinco años y ya las manitos sucias de oleos y acuarelas. Su casa era un poblado de cuadros y cuadritos, pintores y escritores, violín y piano, y el canto para espantar la pena.
Ella pintó todas las flores que pudo, hasta que ya no pudo. Pero esa herencia parece que nos ha quedado, porque cada tanto, me da por imitarla.
Una noche porteña y desvelada me hizo dejar los tarritos de acrílico y un plato con restos en la mesa, a los que Vicky se abalanzó, con cara de aventura, la mañana siguiente.
La deje hacer, total la pintura estaba seca, así que ese plato, probatorio de mi tristeza, no era una amenaza.
Pero ella se apareció corriendo, riendo, la carita iluminada, y el violeta desde los rulos a los dedos. Ese enano adulto que tengo por hija, había buscado agua, revivido los colores, y un trazo verde fue el sapo Pepe y otro rayón rojo fue la chanchita Olivia.
Sin llegar a los dos años, Victoria nunca antes había pintado, pero se acordaba como se hacía.

Tito, Beto o el cuatrillizo

En plena clase de postgrado, acordarme del apodo del “Tío Tito”, y luego del “Tío Beto”, me dio una risa incontenible. Maleducada, habrá pensado el profesor. Irreverente. Lo cierto es que lo habían citado, (porque lo citan en todas las clases como un referente importante del Derecho Penal), mientras yo, por dentro pensaba: Es mi tío, y lo citan acá, en todas las aulas de esta Universidad tan recoleta: que genial mi tío. Y ahí volvieron los apodos que él prohíbe y nadie usa, y la risa se me vino, descontrolada y loca, en la clase sobre Jakobs, que nada tiene de gracioso.
El día anterior habíamos estado hablando de las clases y del curso de Garantías, con María Laura. Ella estaba indignada de que los alumnos fueran casi muertos vivos:”-No aprovechan a Bovino, y se lo dije. Pero a el no le parece grave, porque no se da cuenta lo importante que es como docente. Bovino no tiene idea de quien es”.

¿Quién era en verdad el tío Alberto? A mi también me preocupo la respuesta.
¿El tío de sus millones de sobrinos, el cuñado de Bibi, el profesor Bovino, el doctor Bovino? “No me digan doctor”, repite siempre, así que esa hipótesis queda descartada.
¿El desertor, el editor, el hermano peruano o el hermanito zurdo? ¿El pirata cojo, el escritor, el autor, o el suspiro de variadas señoritas? ¿El amigo del Negro, de Manuel o de Itati? ¿La mente abierta, la mano en el teclado de la Mac, el blogger, el blawgger, o el juego de las maderitas? ¿Era la generosidad, el aire bonachón del más porteño de todos los entrerrianos? ¿El defensor de gordos, borrachos y fumantes, como lo definió Galeano? ¿El cuatrillizo de otros dos defensores de gordos, borrachos y fumantes? ¿Las luces de la ciudad que odia si hay sol? Un vampiro.
Así que concluí de pensar, y concluyendo: este vampiro intelectual es la vida que arroja a borbotones, cuando sin prisa pero sin pausa va siendo todo eso, el querido, inigualable, amigo, hermano, tío Alberto, Tito, Beto, el Albert, Alberto, Bovino.

Las Flores

Divino oficio el de mi padre, veterinario. Cuando éramos chicos, su trabajo era dedicarse a los grandes animales: Vacas, caballos, stud, carreras hípicas, un circo. Esos eran sus clientes, o pacientes, o amigos. Siempre se comunico con los bichos de un modo mucho mas abierto que con los humanos. Les conocía el rugido a los tigres, ayudaba en el parto por igual a una vaca que a una pantera negra, y nos enseñó a hacerles tacto y a pichicatearlas para salvarles el pellejo. Nos trepó a lomo de potrillitos sin domar, y nos dejaba cantar en el hipódromo, micrófono incluido, cuando terminaba el remate o la carrera. Los regalos en casa no eran patines ni bicicletas: De su mano llegaban al patio tortugas, teros, ñandúes, y corderos. Así crecimos, mis hermanos y yo, persiguiendo perros y conejos. Gatos no, por riesgo de toxoplasmosis. Loros tampoco, por riesgo de psitacosis.
Sin embargo cuando nos hicimos grandes, a papa se le ocurrió criar bichitos pequeños, y el garage y la quinta se convirtieron en un enorme y próspero criadero de lombrices. Una cuna al garage, varias en el frigorífico La Paz, varias en Kuruque. Todos en casa separando la basura: Lo orgánico, para alimentar a las lombrices. Lo otro, al tacho.
-“Comen su peso por día. En 40 días, su bosta es el mejor abono orgánico. No es toxico, y las plantas no crecen: Explotan. Mira como se puso la palta. Y el árbol de nueces, ¿hace cuanto que no daba? Ahora esta cargado. Es el abono. Y mira, tengo una orquídea. Es la única variedad de tierra, floreció dos veces esta primavera. Y el alcanfor, te acordás que creímos que lo había secado un rayo? Lo estamos recuperando con abono. Las plantas necesitan esa comida, como nosotros necesitamos el aire, el sol, el agua.”

En mi balcón porteño, papá ceba mate, remueve la tierra y saca la bolsita de abono. Un poco a cada maceta, en silencio, en ese ritual que celebra desde siempre con la naturaleza.
Cuando vuelve a Entre Ríos, esas plantas presas en tarritos de leche en polvo, empiezan a llenarse de pimpollos, y a la semana revientan de color y de perfume, y de la alegría que me da en el alma de ver el planterío y las espinas, las hojas mas verdes y brillantes, y las flores, al fin: mi balcón lleno de flores.
Papa no sabe, pero cada vez que viene, me deja flores de regalo para cuando se vaya, hasta la próxima visita.

La Jocketa

En el Hipódromo de Palermo compite, haciéndoles frente a diez caballos y a diez caballeros, Lucrecia Carabajal. Por instinto de género, hago el esfuerzo de soportar esa larga fila de gente bullanguera esperando su turno y su suerte, y le juego cuatro pesos. Cuando cierran las apuestas, ella es la que mas paga, con el numero nueve.
Lucrecia monta a “Batty Divina”, y cuando largan, y el Hipódromo se convierte en esa masa de energía nerviosa, adrenalina y pasión, gritos y algarabía, ella vuela en el viento, gira la pista, esa es una rafaga de metralleta; y volando, volando, queda tercera.
-Eh, te gano una mina!
-Quede atrás de la chiquita
-Era buena nomás, la nena.

Las conclusiones masculinas sugieren irónica derrota, y a mi me da alegría, saber que esa chiquitita pecosa, que ha tenido la osadía de ganar cuatro carreras en una misma tarde, vuelve a lomo de un pura sangre a su gatera, sin escucharlos, contenta de haberse podido fundir en el aire, atravesarlo y echar alas. Esa pequeña victoria de Lucrecia es mi premio del fin de semana.


Josefina

PALOMAS

En el balcon de mi casa, entre las plantas, en la maceta donde el curry o la lavanda reposan sus dias, a una paloma se le cayó un huevito. Lo veo entre la tierra y me da pena por esa madre huerfana de cria, por las alitas que no se abriran, por Vicky que llora cuando le digo "no lo toques que la mama lo busca". POr Vicky que llora porque el huevito sigue con nosotros y la mama no lo encuentra.

Josefina

El Reencuentro

Bibi se fue de golpe, para siempre, y sin avisar ni despedirse. Yo no podía soportar ese brutal abandono, ni hacerme a la idea de nunca volver a verla. Me pasaba llorando mis noches y buscándola en mis días, en todas partes: en un shopping, en un supermercado, en lo de la Chira, En el Once comprando animal print por kilo, pero ella no volvía. No había manera. Se ve que no podía.
Sin embargo una noche por fin se escapó, y volvió a buscarnos: Nos levantó de nuestras camas a Luli, Pablo, Ricky, Maru, Ceci: Nos pasó a buscar con la música de la Vitara a todo volúmen, y a carcajadas anduvimos esa noche con ella, por diferentes planetas y destinos, con cocacolas y Shakira a toda marcha, y nuestra Gringa, haciéndonos la vida más alegre, como siempre lo hacía.
Cuando despuntó el alba, nos volvió a meter cada cabeza en cada almohada y nos dijo “es hora de ir al colegio”.
Con su beso, su adiós y su sonrisa empezamos el día, felices de haberla visto.



Josefina