viernes, 4 de junio de 2010

Canto de los arboles, canto del mar.

En la quinta, Entre Ríos tierra adentro, cuando se deciden a cantar, los pinos y los eucaliptos rugen, danzan, y evocan el mar. Traen al monte el mismo ruido violento del oleaje. Las copas se mueven, verdes y espesas en el alto cielo, pero si cierro los ojos, escucho olas, azul inmensidad, huelo el salitre y las algas en el viento.
Le cuento al Tuto el milagro, y no me lo cree.
-¿A quién quieren parecerse ustedes?
-A nosotros. Río, bien segura de ese delirio de la naturaleza.
El no sabe que esos gigantes centenarios con hojas y raíces, son primos, hermanos, hijos o abuelos de otros árboles, de otras arenas, de otras costas, de otros suelos del universo. Entonces ocurre que en esa familia, todos han aprendido a silbar, a tararear, a vibrar, a tamborilear, a comunicarse con las mariposas y los pájaros, las flores y las estrellas.
En la naturaleza, desde que se vieron por primera vez, el aire y la tierra hacen el amor. Por eso es que todos los cantos se funden en el mismo verso, en la misma espuma, en el mismo llanto. El mar les copia ese canto a mis árboles que desde lejos, y desde lo alto, haciéndole cosquillas en los pies al sol, enseñan al viento a recorrer el mundo con esa musiquita a cuestas.
Quien escuchó cantar a los pinos, conoce el ruido del mar.

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