Es engañera, cuando quiere, la soledad.
Para mentirle, entonces, me meto en los cines de Rivadavia, o leo, o invito amigas a comer y les cocino, así le hago creer a la porfiada que conmigo no ha podido.
Pero lo cierto, entre nosotros, es que a veces me gana la pulseada. Esas veces ella me agarra con la guardia baja y se me instala, pese a la rabia que me da que sea tan atrevida.
Así que la desafío, me calzo jeans y botas y salgo a caminar por Corrientes, porque siempre está repleta la Avenida de la Ciudad que no duerme.
Y mientras más camino, más agradezco en mi interior a los puesteros y albañiles que me gritan adiós reina, chau divina, para ayudarme a hacerle pito catalán a la insolente, violenta, amarga y a veces dulce y necesaria soledad, que anda al acecho sin darse por vencida
viernes, 4 de junio de 2010
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