viernes, 4 de junio de 2010

La Memoria

Trazos rojos, trazos azules, un sol por allá, un árbol amarillo. Mi abuela nos entretenía con el arte que amaba. Ella insistía con nosotros al punto arbitrario y cruel de que, a su cuidado, el único juego infantil posible y en silencio, era la pintura. Tres, cuatro, cinco años y ya las manitos sucias de oleos y acuarelas. Su casa era un poblado de cuadros y cuadritos, pintores y escritores, violín y piano, y el canto para espantar la pena.
Ella pintó todas las flores que pudo, hasta que ya no pudo. Pero esa herencia parece que nos ha quedado, porque cada tanto, me da por imitarla.
Una noche porteña y desvelada me hizo dejar los tarritos de acrílico y un plato con restos en la mesa, a los que Vicky se abalanzó, con cara de aventura, la mañana siguiente.
La deje hacer, total la pintura estaba seca, así que ese plato, probatorio de mi tristeza, no era una amenaza.
Pero ella se apareció corriendo, riendo, la carita iluminada, y el violeta desde los rulos a los dedos. Ese enano adulto que tengo por hija, había buscado agua, revivido los colores, y un trazo verde fue el sapo Pepe y otro rayón rojo fue la chanchita Olivia.
Sin llegar a los dos años, Victoria nunca antes había pintado, pero se acordaba como se hacía.

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