Gorda andaba, y pesada, mi Guapa, con sus cachorros por dentro. Le costaba respirar, y caminar, y al final le costaba comer, de tan preñada.
Ella habitaba la terraza enorme, pero los días cercanos al parto se vino a nuestro cuarto, por las dudas. Esa noche dio vueltas como nunca, y ni bien amaneció, me pidió subir.
Cuando volví a buscarla, toda la tierra de mis macetas estaba desparramada. Un bulto pequeñito se movía entre ese desastre de barro.
Le habíamos preparado un acolchado calentito en el altillo para recibir a sus crías, pero ella, mansa y dulce, quiso darles nido propio. Les armó una cuna a medida, de arena, arcilla y humus, y así nacieron, uno, otro y otro cachorro, y ocho fueron en total, tras doce horas de extenuante parto, en que la acompañamos y por igual nos cansamos, Guapa, Ariel y yo, de parir perritos. Ella nos dejo manosearlos y llevarlos y traerlos, alimentarlos y besarlos, como si también fueran nuestros.
Dos años después, fue mi turno.
Cuando subí con Vicky en brazos a mostrársela a Guapa, mi perra se puso en dos patas, cuidadosa, y acercó su hocico a mi beba de tres días; se arrimó hasta mi pichona, y suave, dulce, le lamió la cabeza, como si Vicky también fuera suya.-
viernes, 4 de junio de 2010
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