viernes, 4 de junio de 2010

Halloween 98

La vida de estudiantes en la ciudad de Buenos Aires implica, de por si, algunas cosas: Que los del interior nos juntemos por la tonada, que el mate sea el matapenas mas efectivo, que los departamentos vean colmadas sus plazas y ubiquen gente a dormir en los sillones, las alfombras, y hasta en los inodoros. Que el dinero no sobre nunca, y, por supuesto, patrón común obligado: que las comidas de la casa que nos vio crecer sean una añoranza por la cual haríamos lo imposible.
Aquella nochecita de fines del mes de octubre andábamos con Caro, mi inseparable amiga, de vuelta de la facultad, viendo que hacer, con tanto para estudiar y tan pocas ganas de abrir los libros. Era viernes. “Me comería una pizza”, dijo Caro. Pero estábamos secas. Seguimos el paso por Pueyrredon y tomamos Avenida Santa Fe. Pasamos por lo de Ignacio, pero como siempre, no lo vimos en la puerta. Esa costumbre de puertear no se da en la gran ciudad, así que no se por que creíamos que pasar por el frente de la vivienda de alguien indicaría que podríamos encontrarlo tomando mate o comiendo mandarinas al sol. La interesada era Caro, que puso cara de circunstancia al doblar la esquina, y cara de gripe al comprobar la puerta desierta.
Antes de llegar a Ecuador, vimos la vidriera del tenedor libre. Habían pegado un cartel que decía: “HALLOWEEN NIGHT, SI VENIS DISFRAZADO, CENAS GRATIS”.
Para ser honesta, a Caro y a mí no nos unen los años que hace que conocemos y toda una vida compartida: A nosotras nos hermana el alma de gordas. Así que sin preguntar ni mirarnos ni nada, corrimos en búsqueda al placard, de algún vestuario ridículo que nos hiciera la gamba.
Sacamos todas las valijas, revolvimos hasta el último cajón: disfraces de verdad no había. Al final decidimos transformarnos en paisanitas: Dos trenzas cada una, pecas en la cara, una pollera larga y hippie, y alpargatas de yute despuntando unos bigotes propios del uso y el abuso. Así marchamos, al tenedor libre, a devorar esas delicias.
Nos instalamos en la mesa mas cercana a la comida: Yo pensaba ir directo a las rabas, y Caro a los jamones. Íbamos a pedir cerveza, pero se acercó la moza con otras intenciones: Nos aclaraba que los disfraces debían ser de la temática de halloween. Que El día de la Tradición era el mes que viene, y que solo regalarían tortas fritas.
Caro, estudiante de abogacía, se sacó: a los gritos, le dijo a la moza que el cartel decía “Disfraces” a secas. No “Disfraces de Halloween”. Que el cartel era una estafa, un engañapichanga para terminar cobrando, que ella no se iba sin comer gratis, que qué coños se creían, engañar a la gente…. Pero vino el dueño, mandó a la moza a la mesa veintiocho, y a nosotras a la calle: “Señoritas, es muy grato tenerlas esta noche aquí, pero deberán abonar la cena o volver disfrazadas”.
“Estamos disfrazadas” dijo Caro en un hilo de voz. “Nena, así va mi hija los domingos a Plaza Francia”, dijo el dueño.
Pegamos la vuelta silbando bajito. No hablábamos, como si una maldición horrible nos hubiera caído encima. “Estafadores” dijo Caro, abriendo la puerta del edificio al que volvíamos, a hervir unos fideos y buscar alguna película en la tele.
Me despinté los lunares de los cachetes, que estaban más colorados que nunca, me desarmé las trenzas, y en eso Caro se aparece con una caja y unas pinturas.
Melina no estaba. No seria difícil hurtarle sus elementos de diseño grafico: Una trincheta, témpera, y vení acá que te pinto. No sé de donde salieron las calzas negras y ese remeron oscuro, pero de repente, las dos resurgidas como el ave fénix, volvimos a la calle y al tenedor libre.
Para no pasar otra vergüenza, primero fuimos a la barra a preguntarle al dueño, no sea cosa que de nuevo nos mandara a la vereda de un puntapié. Con una sonrisa entre dientes nos dijo “Y bueno…” así que corrimos a la única mesa que quedaba libre, al lado del sanitario de hombres, y de inmediato, a buscar un poco de todo en la mesa de fiambres, y después a la parrilla, y después a los pescados, y luego flan casero con dulce leche. Comimos hasta no poder más.
Tras el último bocado, Caro y yo levantamos la vista, por primera vez en toda la cena, como para decir “que rico todo”, pero ahí, por fin, nos vimos: Un tajo en el cachete marcado con tinta negra, un ojo en compota, gotas de sangre dibujadas cayendo de los labios, una lagrima hecha con purpurina celeste, y un cuchillo de cartón atravesando la cabeza. Yo era un muerto sangriento, y Caro, era Kiss vestida de gaucha. Estallaron, estruendosas, nuestras carcajadas en todo el salón, graves e interminables; el tenedor libre entero se dio vuelta a mirarnos.
Nos dolía la panza de reírnos, y así seguimos, llorando de risa y de alegría y de dolor de panza, Caro y yo, como por diez días.


Para la Goñe, que tantas risas me sigue regalando.

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