Entonces, cuando la soledad se me hacía insoportable, las palabras que mi abuelo me mandaba empezaban a brotar de mi puño malherido, y daban forma a las historias, a los recuerdos, a los amigos, al dolor, al llanto, a la esperanza, a la alegría.
Yo no sabía que hacer con todo eso. Tantas palabras allí, sin su destino. Por eso pensé que sería bueno que Itatí, me dijera, porque ella sabía bien que hacer con el palabrerío. Pero no me animaba a preguntarle, para no ponerla en el absurdo compromiso de darme una respuesta de compromiso.
Una noche soñé que me decía que siguiera escribiendo, y esa mañana me levanté con la certeza de seguir.
A mediodía, desde la otra orilla del Río de la Plata, me escribió: que quería decirme algo, que siguiera, que ella sabía por qué me lo decía, que le gustaban mis escritos.
Por eso aquí ando, siguiendo.
Itatí lee los sueños, se cuela en ellos como mosquito, los anota, y al otro amanecer los cumple.
Sospecho desde esos días, que esa muñequita rubia y rulienta es un hada divertida disfrazada de socialista.
Gracias Ita. De verdad.
Jose
viernes, 4 de junio de 2010
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario