Divino oficio el de mi padre, veterinario. Cuando éramos chicos, su trabajo era dedicarse a los grandes animales: Vacas, caballos, stud, carreras hípicas, un circo. Esos eran sus clientes, o pacientes, o amigos. Siempre se comunico con los bichos de un modo mucho mas abierto que con los humanos. Les conocía el rugido a los tigres, ayudaba en el parto por igual a una vaca que a una pantera negra, y nos enseñó a hacerles tacto y a pichicatearlas para salvarles el pellejo. Nos trepó a lomo de potrillitos sin domar, y nos dejaba cantar en el hipódromo, micrófono incluido, cuando terminaba el remate o la carrera. Los regalos en casa no eran patines ni bicicletas: De su mano llegaban al patio tortugas, teros, ñandúes, y corderos. Así crecimos, mis hermanos y yo, persiguiendo perros y conejos. Gatos no, por riesgo de toxoplasmosis. Loros tampoco, por riesgo de psitacosis.
Sin embargo cuando nos hicimos grandes, a papa se le ocurrió criar bichitos pequeños, y el garage y la quinta se convirtieron en un enorme y próspero criadero de lombrices. Una cuna al garage, varias en el frigorífico La Paz, varias en Kuruque. Todos en casa separando la basura: Lo orgánico, para alimentar a las lombrices. Lo otro, al tacho.
-“Comen su peso por día. En 40 días, su bosta es el mejor abono orgánico. No es toxico, y las plantas no crecen: Explotan. Mira como se puso la palta. Y el árbol de nueces, ¿hace cuanto que no daba? Ahora esta cargado. Es el abono. Y mira, tengo una orquídea. Es la única variedad de tierra, floreció dos veces esta primavera. Y el alcanfor, te acordás que creímos que lo había secado un rayo? Lo estamos recuperando con abono. Las plantas necesitan esa comida, como nosotros necesitamos el aire, el sol, el agua.”
En mi balcón porteño, papá ceba mate, remueve la tierra y saca la bolsita de abono. Un poco a cada maceta, en silencio, en ese ritual que celebra desde siempre con la naturaleza.
Cuando vuelve a Entre Ríos, esas plantas presas en tarritos de leche en polvo, empiezan a llenarse de pimpollos, y a la semana revientan de color y de perfume, y de la alegría que me da en el alma de ver el planterío y las espinas, las hojas mas verdes y brillantes, y las flores, al fin: mi balcón lleno de flores.
Papa no sabe, pero cada vez que viene, me deja flores de regalo para cuando se vaya, hasta la próxima visita.
viernes, 4 de junio de 2010
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