viernes, 4 de junio de 2010

El Mate

Cuando me recibí de abogada, mi abuelo lloró de emoción, me cortó el teléfono que daba la noticia, y luego me obsequio su bombilla de plata. La que había usado durante toda su vida, es decir, la bombilla testigo de cuanta charla tuvo alrededor en sus rondas de mate.
Cuando mi abuelo murió, yo estaba embarazada y se me hizo insoportable oler el mate. Mi indignación era enorme, porque todos los días, dos veces al día, yo preparaba mi ceremonia: Prender la ornalla, vaciar el mate, llenarlo de yerba, mojar un poco, otro poco, meter la bombilla, probar el mate…
Adicta perdida como soy a los cimarrones amargos, resulta que ahora me provocaban nauseas. Ni uno podía tomar. Ni uno solito. Por supuesto, culpé a la panza.
Pero resulta que no era eso: -“tenes que calentar un poco mas el agua”, me dijo Misael una noche en que se me apareció en un sueño.
Mi abuelo me vería preocupada, porque se tomó la molestia el pobre de viajar del mas allá al mas acá, solamente para explicarme como solucionar ese problema tan grave.

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